Mi historia con El Principito

 

Cada vez que leo El Principito entiendo o conecto con algo nuevo, el libro no cambia, pero yo sí. Por eso, cada lectura se vuelve un espejo distinto de mi vida.

De niño, cuando me sentía incomprendido, encontré en esas páginas un refugio. Necesitaba a un adulto que entendiera mi dibujo de la serpiente dentro de la boa.

De adolescente, el libro me enfrentó a la pregunta "¿voy a ser así en algún momento?". A través de las caricaturas de reyes, vanidosos y contadores, entendí que los adultos suelen olvidar lo esencial... definitivamente no quería convertirme en eso.

De joven adulto, conectaba emocionalmente con la belleza de su historia, pero no habían caminos emocionales para procesarla, era de esas cosas que sabes que son hermosas, pero no puedes integrar. No quería convertirme en los adultos de El Principito, pero la condena estaba escrita. No había una base que me pudiera augurar otro camino. Me convertí en esos adultos, pero el proceso no fue el que me imaginaba. No apagué mi niño para enfocarme en "cosas importantes", no. Mi niño estaba enjaulado en una prisión impenetrable. Solo le llegaba comida en la forma de la belleza de El Principito y otras obras de arte, pero no podía fluir, no podía ponerse en acción. El Principito era tan bello como teórico.

Como padre, y es lo que más me duele, les regalé el libro a mis hijos, no creo habérselos leído siquiera. Quizás esperaba que ellos sintieran las cosas que sentí yo, quizás que me comprendieran como adulto, que vieran que no era capaz de quererlos como me hubiera gustado. La batalla estaba perdida en ese momento. Todo era teoría, no sabía quien era yo. El niño enjaulado dentro de mi ya no quería salir. Estaba resignado a cumplir el rol que el resto quisiera que cumpliera. Teóricamente el libro era una maravilla, pero no quería leerlo porque sabía que me iba interpelar, y no tenía fuerza para soportar más interpelaciones.

Más tarde, tras años de terapia logré comenzar a conectar con mis emociones. Empecé a conectarme conmigo, a entender quien era yo y qué quería. Mejoré mi relación con mis hijos, y luego de la separación vivo con los dos mayores. El menor vive con su mamá, y cada vez que lo veo me recuerda al principito.

Hace poco quise mejorar mi inglés hablado y le hice shadowing a un audiolibro de El Principito. Llegué al capítulo del zorro y mientras leía en inglés, en voz alta, lloraba a mares. El Principito tiene una historia muy simple, es fácil aprendérsela, yo la recuerdo bien, y aún así, estarla leyendo es una cosa distinta. Justo estoy pasando por una situación que quiero entender, y llega El Principito a remecerme. Es como si el libro supiera lo que uno tiene dentro, porque la respuesta es demasiado precisa.

Así, con los años, cada vez que El Principito aparece en mi vida me pega muy fuerte, me hace preguntas y me responde otras, con una simplicidad que da escalofríos. Creo firmemente que hacer cosas simples es lo más difícil que puede haber.

Me encanta El Señor de Los Anillos, pero por la conexión que tiene con mi vida, por lo que me hace sentir, El Principito es lejos el mejor libro que existe para mi.

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